Luna y mujer

16/10/2019 - 28/02/2020
  • Temas

  • Cronología

  • Técnicas

Mirada con ojos de astrónomo la Luna es un objeto celeste excepcional. En primer lugar porque es el mayor satélite en relación al tamaño de su planeta de nuestro sistema solar. En segundo lugar porque es el único satélite de la Tierra cuando lo normal es que los planetas tengan muchos o ninguno. Esto podría llevar a los astrónomos a considerar a la pareja Tierra Luna como un sistema planetario doble, pero la diferencia de masa entre ambos planetas sitúa el baricentro gravitatorio en el interior de nuestro planeta por lo que la órbita es a grandes rasgos la propia de un satélite respecto a su planeta.

Leer más

Pero más allá de su valor astronómico, la Luna, por su innegable protagonismo en el cielo nocturno, ha sido depositaria de un enorme bagaje simbólico. La Luna, con sus movimientos orbitales, sus cíclicas fases, sus ritmos precisos, su influjo sobre las mareas y su tenue luz auxiliadora, se convirtió en un temprano símbolo de la transformación y de los ciclos naturales, de la medición del tiempo, de la vida con su muerte y la esperanza de una resurrección.

Este legado inmaterial ha dado origen a un rico imaginario con incontables creencias, leyendas y supersticiones acerca del influjo lunar sobre nuestros espíritus. Entre estas asociaciones destacan por su persistencia y singularidad aquellas que señalan al íntimo vínculo entre la Luna y la condición femenina.

Esta correspondencia ha sido explotada no solo por religiosos y videntes, sino también por poetas y artistas, a la hora de construir un universo simbólico donde lo bello y sensual se entremezcla con lo oculto y lo terrible. Es así como, a lo largo del tiempo mujer y Luna han tejido una íntima alianza que salvaguarda su encanto y también su misterio.

Mario Croissier

Ver VÍDEO TV3 «33 RECOMANA» de la exposición :

Leer menos

  • Nada menos que tres diosas fueron asociadas en el mundo grecorromano a nuestra solitaria Luna. La más antigua de ellas, y quizá la personificación más directa de nuestro satélite, fue Selene, hermana de Helios, el sol y Eos, la aurora. Se trataba de dioses muy antiguos, que encarnaban, de forma bastante directa y sin demasiada complejidad a los objetos celestes.

    Con el paso del tiempo, Artemisa (Diana para los romanos) diosa de la caza y de la naturaleza salvaje fue asimilada a Selene, como si de una sola divinidad se tratara. En esta singular amalgama el universo agreste de Artemisa-Diana, se fundió con sus nuevas atribuciones lunares. Pese a ser una diosa invocada en los partos, Artemisa era virgen, y por ello su séquito estaba compuesto por ninfas igualmente castas. Aunque este universo virginal femenino se hallaba constantemente amenazado por humanos curiosos y sobretodo por lascivos faunos, aquellos genios cornudos que encarnaban todos los impulsos instintivos de la naturaleza y su vertiente más fecunda.

    Leer más

    Finalmente, una tercera diosa, muy limitada en su desarrollo mitológico pero poderosa y compleja en su personalidad, adquirió también atribuciones lunares: se trata de Hécate, la diosa de tres rostros, que gobernaba sobre las encrucijadas, los umbrales y pasajes, también aquellos que conducen al más allá. Pero ante todo Hécate se caracterizaba por ser una divinidad protectora de la hechicería y de la magia negra.

    Con el triunfo del cristianismo y la condena de los credos politeístas, toda esta rica panoplia de divinidades paganas vinculadas a la naturaleza salvaje, con sus ninfas, bacantes y genios cornudos encontraron refugio en las zonas rurales (no en vano paganus quería decir campesino). A partir del siglo XVI con la una Iglesia ya perfectamente organizada y dispuesta a librar la gran batalla contra el paganismo, la maquinaria propagandística llevó a a cabo una gran operación de resemantización y descrédito de aquellos lejanos adoradores de la Luna que realizaban ritos orgiásticos y practicaban la hechicería en parajes recónditos y agrestes.

    A ojos del cristianismo todas aquellas prácticas paganas no podía ser otra cosa que un contubernio de adoradores del demonio, donde un Satán con forma de macho cabrío ocupaba el trono que antes había pertenecido a Pan, el dios cornudo griego. De la misma manera que su séquito de bacantes eran señaladas ahora como las brujas del aquelarre.

    Y pese a esta cruenta lucha, el propio cristianismo también aprovechó el simbolismo lunar para forjar una iconografía propicia y que tuvo en la Virgen María, en su condición de Inmaculada Concepción su principal, aunque no único, objeto de aplicación.

    Leer menos

  • La claridad de la Luna es apenas una leve reflexión de la luz del Sol sobre una superficie lunar formada por rocas oscuras como el hollín que, en el mejor de los casos, refleja un 18% de la luz que incide sobre ella, algo parecido a como lo haría el asfalto. Es el polvo lunar que recubre su superficie, el que multiplica los planos sobre los cuales la luz incide y nos devuelve ese aspecto pálido y resplandeciente de su superficie, y esa luz tan necesaria en mitad de la noche. Con todo, si lo comparamos con la luz solar directa los vatios del plenilunio son 450.000 veces más tenues y no alcanzan al umbral de la retina para la visión en color.

    Leer más

    Y sin embargo, aún disputada por la ubicua luz artificial, la luna sigue siendo una presencia fundamental en el cielo nocturno. En tiempos pasados su resplandor fue la única guía fiable para todos aquellos que se adentraban en la noche, bien fuera por necesidad o sentido de la aventura. No pocas actividades nocturnas dependían del resplandor del plenilunio: los viajes nocturnos, la colecta de cosechas, la pesca…

    El brillo lunar también otorgaba al paisaje cualidades sensuales que fueron largamente apreciadas por los artistas (especialmente a partir del romanticismo) que se recrearon en los dramáticos juegos de luz y de sombra que ofrecían los paisajes bañados por la luz de la Luna. Observada de noche, la naturaleza ofrece un vivo contraste entre lo visible y lo invisible. El claro de luna es, el territorio donde la visión es todavía posible, y con ella la representación artística.

    Sin embargo, el resplandor de luna tiene un influjo que trasciende lo visual para connotar cualidades estéticas y emocionales. Porque la claridad lunar se corresponde también con un cierto un estado del alma, tal y como lo expresaron compositores y poetas. Un estado singular en el que lo íntimo encuentra una comunión secreta con lo sublime, en el que el individuo encuentra consolación en una naturaleza tan bella como terrible.

    Leer menos

  • La Luna tiene una importancia capital en la vida terrestre tal y como la conocemos. En primer lugar porque su acción gravitatoria estabiliza el eje de rotación de nuestro planeta y en segundo por su efecto sobre las mareas, cruciales en la conservación de ecosistemas enteros.

    Las civilizaciones antiguas ya percibieron el influjo de los estados lunares sobre los marinos. No es de extrañar que pronto hicieran extensiva esa influencia a otras realidades menos evidentes. Así la luna, por medio de sus fases, tenía efectos diversos sobre los animales salvajes y la prosperidad de las cosechas, pero también sobre el cuerpo y el alma de los espíritus más sensibles.

    Leer más

    Mención aparte merecían las mujeres a quienes se atribuía una naturaleza más húmeda que la masculina, y por tanto, más propensas a la influencia del satélite sobre su comportamiento. La luna cambiante fue tradicionalmente empleada para justificar y estigmatizar la inconstancia que se atribuía al carácter femenino. Pero también el signo lunar fue vinculado a las misteriosas fuerzas que hacen posible el milagro de la fecundidad.

    Leer menos

  • Cuando capturamos la imagen de la Luna comenzamos a romper su hechizo. En efecto, el desencantamiento de la Luna, el descrédito de sus influjos sobre los asuntos terrenales y en especial sobre los femeninos, vino de la mano de su descripción objetiva, a través de los instrumentos y métodos de la ciencia, es decir, cuando el astrónomo suplantó al astrólogo.

    La descripción de la Luna fue obra de estos pacientes geógrafos del cielo, que iniciaron en nuestro satélite la obra que habían completado en la Tierra: trazar mapas, señalar los accidentes, nombrar las cordilleras, los valles y los cráteres.

    Leer más

    La ciencia de la cartografía lunar contó, desde sus orígenes, con una ventaja inaccesible frente a su equivalente terrestre. El punto de vista del observador de la luna es perfectamente cenital y, por tanto, nuestra visión coincide perfectamente con la que se obtiene en los mapas. En cierto modo, el cartógrafo lunar tiene tanto de geógrafo como de retratista.

    A cambio, el género del paisajismo selenita quedaba reservado a los improbables viajeros lunares. Y pese a lo que pudiéramos creer, no han sido pocos. Mucho antes de que Neil Armstrong pisara por vez primera la Luna, el hombre la había hoyada con la imaginación de filósofos y poetas, astrónomos y magos, cínicos y sátiros, enamorados y especuladores.

    Desde el siglo II dC cuando el satírico Luciano de Samosata inaugurara la tradición de los viajes lunares imaginarios, han sido muchos los que han recorrido con la fantasía sus exóticos parajes, la han poblado con la fauna y flora más variopinta, y conocido sus gentes, sus civilizaciones y sus ciudades.

    Viajar hasta la Luna permite además tomar distancia, no solo física, sino también crítica con los asuntos mundanos. Poetas y pensadores imaginaron una Luna desde la que cuestionar nuestro mundo. En sus manos la Luna es un espejo de feriante que nos devuelve una imagen deformada de nosotros mismos, un reflejo burlón de lo que somos.

    Leer menos